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Martes 13 de Septiembre de 2011
Tras la recopilacion de Efe:
El nevado Pastoruri ya no recibe visitantes: su hielo se retira más de veinte metros cada año. Hoy un hombre que fue soldado lo cuida desde un puesto de vigilancia.
Luego de que los científicos admitieran su derrota contra la desglaciación de la Tierra, ¿Es posible detener el cambio climático con un piloto de tanques, pintura blanca y aserrín?.
A cinco mil metros de altura, la única propiedad del guardián del nevado es un perro. De lejos parece disecado, pero cuando llego al Pastoruri corre hacia mí y olisquea mi mano izquierda como si en ella llevara buenas noticias. No las hay: desde que los directores de la Unidad de Glaseología del Perú y las publicaciones científicas más influyentes del mundo declararan la desaparición inminente del glaciar, el turismo al Pastoruri se desplomó y cada visita se celebra como un acontecimiento. Una mañana de otoño del 2011 el guardián, un hombre de cara redonda y un escorpión tatuado en el brazo izquierdo me dio la bienvenida. Aunque las únicas siluetas que se pueden divisar desde su puesto de control sean las de las rocas de la montaña, Máximo Gonzales de Paz se viste con su casaca y gorra azules de guardaparque y vigila tres veces a la semana un área de un kilómetro y medio cuadrado de hielo. Es todo lo que queda del glaciar. Es el mismo perímetro que, a nivel del mar, un hombre promedio trotaría en cuarenta y cinco minutos. A ratos Gonzáles de Paz se detiene frente a alguna grieta o una estalactita como si su mirada bastara para congelar de nuevo las millones de gotas que bajo sus botines negros se convierten en riachuelos. A unos pasos de nosotros, un trozo de hielo se desprende y estalla sobre una piedra negra. Suena como si una copa de cristal cayera en una iglesia. Pero es más que eso.
Yo acepté venir porque nadie más quería me dijo en su puesto de vigilancia. Todos mis compañeros tenían miedo.
Un año antes, una mañana de abril del 2010, Mauricio Guillén, el anterior guardián del Pastoruri, fue hallado muerto sobre su cama. Su cadáver estaba envuelto en una mancha de espuma y sangre seca que nacía de su nariz y boca. Según la necropsia, el penúltimo guardián del Pastoruri tenía el cerebro destrozado. Según su padre, Pompeyo Guillén, el más antiguo de los guardias del Parque Natural Huascarán, su hijo había sido asesinado a golpes. ¿Pero por qué mataron al guardián de un glaciar moribundo?
2
Para los turistas locales, el Pastoruri no era una montaña inalcanzable como el Huascarán, el pico más alto del Perú, ni tenía la escarpada belleza de postal del Alpamayo. Era el glaciar al que todos podíamos llegar. Representaba la primera y tal vez la única oportunidad en la vida de sentir la nieve entre los dedos y jugar a las fantasías navideñas impuestas por la cultura del cine americano. Para muchos fue el escenario donde recordar aquella tarde remota en la que miles de padres llevaron a sus hijos a conocer el hielo. Pero más allá de la analogía a Macondo, los glaciares andinos funcionan como represas que mantienen un suministro de agua constante a la mitad de la población del país que vive en la costa desértica. Su desaparición es una amenaza de muerte para todos. Hoy el glaciar mide menos de la mitad de su extensión en 1970, cuando abrieron las visitas de turistas. Desde entonces la temperatura del planeta ha aumentado medio grado, suficiente para derretir doscientos kilómetros cuadrados de glaciares a través de la Cordillera Blanca en el Perú.
Gran parte del hielo ni siquiera se derrite me dice César Portocarrero. Pasa directamente de sólido a gaseoso.
El coordinador de la Unidad de Glaseología del Ministerio de Agricultura parece resignado. La desglaciación hizo que las cumbres nevadas perdieran agua. Tanta como para saciar la sed de los nueve millones de habitantes de Lima, la capital del país, durante diez años.
3
El asesinato del anterior guardián del Pastoruri preocupaba a Máximo Gonzales de Paz. Por eso se compró un perro. Le costó lo mismo que el plato de comida más caro en el único restaurante turístico que queda en Cátac, el pueblo más cercano al nevado, a diecinueve kilómetros de su puesto de vigilancia. Era una cría sin pedigree de guardián. Apenas una bola de pelo cenizo cuando la cargó para llevarla por primera vez a su helado puesto de vigilancia en Los Andes. Había sobrevivido al frío que mató a casi todos los cachorros de la camada en menos de un mes. La dueña creyó que la cría también moriría y decidió deshacerse de ella para quedarse con el más robusto. Gonzáles de Paz no discutió la decisión: se encargaría de cuidarla porque sabía que con el tiempo ella lo cuidaría a él. Cuando conducía su moto de regreso al puesto de vigilancia, el guardián del hielo sintió que la tibia bola de pelo cenizo se movía dentro de la casaca que lo protegía del viento helado. Sólo pudo pensar en un nombre para su futura compañía en las alturas: Biósfera.
4.
A inicios de la década de 1990, un joven Máximo Gonzales de Paz recogía las bolsas negras que los turistas dejaban tiradas tras deslizarse sobre ellas por las nieves del Pastoruri. Durante la Semana del Andinismo, miles de visitantes con guantes y abrigos de colores se esparcían sobre el nevado como confeti sobre un pastel helado de cumpleaños. Algunos llegaban cargando tablas de snowboard bajo el brazo, otros se calzaban botas con clavos como dientes de dinosaurio para adherirse a las paredes de hielo. También llegaban equipos de esquiadores que dejaban cicatrices zigzagueantes en las laderas del glaciar y unos escaladores amateurs que por treinta minutos ascendían cualquier pendiente nevada para resbalar de ella en treinta segundos, montados sobre bolsas de plástico que después olvidaban y el viento de la tarde se encargaba de llevar otra vez a la cima. «La montaña se llenaba de vendedores –recuerda Ernesto Málaga– y los deportistas terminaban usando el glaciar para enfriar sus cervezas». Una década y media atrás, el montañista, que ha dirigido dos expediciones a los Himalayas y hoy da clases de liderazgo, guió a un grupo de marinos de élite a la cumbre del nevado. Desde entonces, Málaga regresó al glaciar dos veces y luego decidió no volver. «Es hielo podrido», me dice en una expresión común para los escaladores. El nevado ha perdido la solidez que permitía practicar sobre él los deportes de aventura que le dieron fama.
Hoy las oleadas de viajeros han dejado de visitar la montaña. Ya no luce como el pastel helado de cumpleaños sino como los restos de crema chantilly que quedaron sobre el plato después de la celebración. «Donde estamos parados antes era todo hielo. Hasta había una cueva donde los turistas patinaban –me dice un resignado Gonzales de Paz–. Ahora hay que escalar por lo menos quinientos metros más para llegar al glaciar». Biosfera tiene las orejas erguidas en dirección a su amo, como si esperara una orden. Lo sigue a todas partes pero cuando comenzamos el ascenso se detiene y mueve la cola con timidez. La compañera del guardián le tiene miedo al hielo.
Al lado del glaciar Máximo Gonzales de Paz observa el manto de rocas negras que dejó el deshielo. Pueden escucharse nítidas las gotas de agua helada que revientan contra las piedras. Es un sonido regular, monótono, persistente que aquí se ha convertido en una nueva forma del silencio.
5.
Cuando Máximo Gonzales de Paz cumplió la mayoría de edad, no quería cuidar un glaciar: quería ser soldado. Un día abandonó su escuela, cruzó los cuatrocientos kilómetros que hay entre los nevados desahuciados alrededor de su ciudad, Huaraz, y el desierto frente al mar de Lima. «Cuando llegué al cuartel –recuerda el guardaparque–, no me quisieron aceptar». Gonzales de Paz lo cuenta echando un puñado de hojas de coca en su taza con agua caliente mientras Biósfera se acomoda bajo la mesa de su cocina como si ya hubiera oído varias veces la misma historia: «Me quedé tres días en la puerta. Al final se habrán cansado de mí porque me aceptaron». Tres meses después, Gonzales de Paz se convirtió en piloto de tanques. A través de las dunas que se extienden al norte de Lima manejaba T55 soviéticos y AMX 13 franceses. Cuando su servicio militar terminó, le exigieron el título escolar para continuar en la institución. El futuro guardián del hielo debió dejar el ejército.
Hoy, más de un cuarto de siglo después, el ex piloto de tanques levanta la tranquera de ingreso a unos turistas que tardaron demasiado en ir a ver el hielo. Una de ellos, Pilar Cubas, es una maestra de geografía que hasta hoy sólo había visto glaciares en las láminas de los libros escolares. Cubas visita el Pastoruri con su hijo, quien no puede esperar a que ella se recupere del mal de altura y acelera el paso: quiere tocar la nieve. Al menos la que la contaminación y el cambio climático permiten hoy en la montaña. La profesora se apoya sobre una barandilla de madera y ve alejarse a su hijo que corre hacia el hielo. El adolescente llegó desde Lima hacía dos días pero ya parece acostumbrado a la falta de oxígeno. Hoy los visitantes deben caminar cientos de metros antes de sentir por primera vez la nieve entre los dedos. «Viajar a este lugar debería servir para instruir. No para destruir», me dice la profesora quien ya perdió vista a su hijo detrás de una laguna. Ha decidido esperarlo. Cubas se siente mareada y conocerá el hielo otro día.
El deshielo de los glaciares ha dejado a través de la cordillera blanca un reguero de lagunas como apacibles cementerios de nieve. Para Mark Carey, un historiador estadounidense especialista en el impacto de la desglaciación en la sociedad andina, el silencio de los espejos de agua oculta su poder destructivo. El abrupto deshielo de un nevado en 1941 desbordó la laguna Palcacocha sobre la ciudad de Huaraz, la capital de la región de los glaciares. La masa de lodo y piedras arrastró por doscientos kilómetros los pupitres de la escuela, la cruz de la iglesia y los cuerpos de cinco mil habitantes. «Para el poblador andino los lagos tienen el poder de dar vida o de quitarla. Esto puede volver a pasar y ser peor –me advierte Carey a través de la línea telefónica–. Ahora, debido a los deshielos, hay más agua acumulada que antes». Lo que dice el historiador pareciera la confirmación de un extraño karma climático: todo lo que hagas contra la naturaleza, ella te lo devolverá y será devastador.
El Pastoruri parece querer cobrar esa deuda. Gonzales de Paz recuerda que a mediados de la década de 1990 un bloque del glaciar se desprendió sobre la laguna que esta mañana se queda mirando el hijo de la maestra de geografía, cuando varios escolares se tomaban fotografías en su orilla. Una ola consecuencia del impacto arrastró a tres niños hacia el agua. Sólo dos pudieron ser rescatados. Ya nada es como en esas fotografías felices que miles de visitantes conservan de su visita al nevado. Hasta Biósfera, que de cría se confundía con la nieve sucia de la montaña, camina a nuestro lado durante el descenso luciendo un pelaje color caramelo. De tanto en tanto husmea entre las piedras del camino persiguiendo algún bicho que ella sola puede ver.
6.
Un día Benjamín Morales, un ex coordinador de la Unidad de Glaseología del Ministerio de Agricultura, visitó los diez aserraderos que existen en Huaraz, y, al despedirse del último de los carpinteros, sintió que podía detener el deshielo de los nevados. La solución del ingeniero a esta amenaza natural sobre las ciudades nació de uno de sus recuerdos más antiguos. Cuando Morales era niño, los vendedores de hielo bajaban de las montañas cercanas con bloques de glaciar envueltos en paja y atados a la espalda. Para conservarlos, los heladeros del mercado los guardaban en baldes de aserrín. «¿Por qué no cubrimos de aserrín algunos glaciares?», pregunta hoy Morales. El principio científico es de una lógica irrebatible: el aserrín está compuesto por celulosa de la madera, y la celulosa es un aislante natural del calor, barato y abundante. Un mes después de visitar el último aserradero de la ciudad, en julio del 2010, un camión con cuatro toneladas y media de aserrín empacados en sacos de colores se estacionó al pie del Pastoruri.
Al un lado de la laguna que se ha formado con los deshielos Máximo Gonzales de Paz me señala una loma del glaciar sobre la que se divisa una mancha oscura. El área cubierta de aserrín, que hacía un año era parte de una llanura de nieve, se eleva hoy tres metros sobre el hielo. Alrededor de ella todo se derritió. El experimento para alargar la vida del glaciar con aserrín funcionó. Pero la economía de Cátac, el distrito de más de cinco mil habitantes donde queda el Pastoruri, se sigue extinguiendo a la misma velocidad que el nevado. El nombre del distrito es una gélida onomatopeya. Según sus pobladores, Cátac es el sonido que hacen los caballos al caminar sobre el hielo. A unas calles de su municipalidad los manteles del Melz, el último restaurante turístico que les queda, lucen inmaculados como la nieve virgen y a veces los únicos platos de trucha frita que prepara la dueña son los que almorzará con su esposo. La soledad del Melz es también la del puesto de vigilancia. A veces Biosfera escucha el eco de algún otro perro entre las montañas pero rara vez puede ver a uno. Por eso saluda con curiosidad a los visitantes y a los investigadores que llegan de manera esporádica para medir el hielo bajo el aserrín. Máximo Gonzales de Paz suele acompañarlos hasta el glaciar. Biósfera no se atreve.
El alcalde del pueblo espera con ilusión cualquier iniciativa para salvar el Pastoruri. Incluso propuestas en apariencia absurdas como teñir con pintura blanca todas las rocas que rodean los nevados. El proyecto, de la organización Glaciares del Perú, que dirige el inventor Eduardo Gold, empezó a ser tomado en serio cuando en 2009 el Banco Mundial lo eligió el mejor plan para salvar al planeta del cambio climático. La lógica es tan cristalina como el agua de glaciar: los colores oscuros de las rocas atraen el calor y aceleran el deshielo. El blanco, todo lo contrario. Es la misma razón por la que casi nadie se pone una camiseta negra para ir a la playa. «No podemos dejar de experimentar –dice Gold–. Todo vale. Si se pierden los glaciares, no se van a recuperar jamás». Pintar una sola hectárea requiere una inversión de diez mil dólares, el equivalente a cincuenta toneladas de la pintura biodegradable. El proyecto está paralizado por falta de dinero. Ninguna cumbre de la Cordillera Blanca ha sido pintada hasta el momento y desde hace meses que el alcalde de Cátac no escucha en una sola frase las palabras pinturas y glaciares. «Necesitamos ayuda», me ruega al despedirse, como si después de tantos proyectos tan sencillos como insólitos no le quedara más que poner toda su esperanza en mí.
7.
Después del asesinato del guardián anterior, Máximo Gonzales de Paz aceptó regresar al Pastoruri tras diez años de trabajo cuidando otras montañas. El padre de la víctima le contó la historia del crimen. Una tarde de abril de 2010 el guardaparque Mauricio Guillén detuvo una camioneta que salía de la zona del Pastoruri con cuatro hombres a bordo vestidos de campesinos. Era una inspección de rutina, pero los pasajeros se tornaron agresivos. En la tolva del vehículo, el guardián descubrió los cuerpos de varias vacas descuartizadas. Guillén sospechó que eran abigeos que acababan de robar a un campesino de la zona e incautó la carga. Antes de alejarse del puesto de control, los hombres lo amenazaron de muerte. Según una campesina que pasaba por la zona, tres días después de la incautación cuatro hombres rodearon al guardaparque y lo empujaron al interior del puesto. Sobrevino el rumor de una batalla y luego el silencio. Bajo la escasa nieve del Pastoruri, aún se ocultan otros poderes del valle que se abre a sus pies: ladrones de ganado, cazadores furtivos, mineros informales de carbón y hasta comuneros seducidos por el dinero de la entrada al glaciar. Durante once años de caminatas por la Cordillera Blanca, Mark Carey ha cartografiado con cuidado la relación entre los pobladores andinos y los glaciares. El también fue un guardián del hielo en el Glacier National Park de Montana, pero lo que encontró en el Perú le era desconocido. Para las comunidades que en la actualidad crecen desperdigadas entre las montañas, las cumbres nevadas aún conservan el sentido espiritual que les daban los incas. No son promontorios de roca y hielo: Son como semidioses y no están sometidos a los indicadores internacionales de las agencias científicas. «Muchos sólo piensan en la ciencia de los glaciares y se olvidan de que hay gente que vive ahí», dice Carey.
Biósfera está inquieta en el puesto de vigilancia y da vueltas entre las sillas de la cocina. Oye algo que nosotros no. Gonzales de Paz deja su infusión de coca sobre la mesa y se pone su casaca azul para inspeccionar los alrededores. Su piel cobriza está curtida por el sol intenso de la montaña que quema sin calentar. Tiene un cuerpo compacto que lo protege del frío y el viento áspero del altiplano. Viéndolo se podría decir que Gonzales de Paz es la evolución de un hombre destinado a convertirse en un auténtico guardián del hielo. ¿Cuánto tiempo más cuidará el Pastoruri?Diez, quince, veinte años. Los científicos sólo están de acuerdo en que el nevado desaparecerá. «No hay manera de llevar toda esa pintura a cinco mil metros –me dice Portocarrero, el actual coordinador de la Unidad de Glaseología–. Tampoco creo que exista tanto aserrín», él siente que son ideas tan buenas como inútiles. Para Portocarrero los científicos deberían dedicar sus esfuerzos en buscar otras fuentes de agua como la desalinización, para saciar la sed de los cultivos y las ciudades cuando muera el último glaciar.Pero no todo parece perdido. Marco Arenas, el jefe del Parque Nacional Huascarán cree que si el Pastoruri va a desaparecer no lo hará en vano. Ha propuesto convertir al glaciar en el gran final de una ruta turística sobre los efectos del cambio climático. Arenas sueña con el retorno de miles de visitantes pero esta vez sin tablas de snowboard bajo el brazo, ni bolsas negras para deslizarse, ni cervezas para enfriar. El fin de este viaje ya no será más la fotografía echado sobre la cumbre sino el retorno a casa para cuidar el agua que queda. Máximo Gonzales de Paz donará al proyecto las fotos que tomó hace veinticinco años, cuando llegó aquí para cuidar el Pastoruri.El guardián del hielo ha terminado su última ronda del día. Biósfera no encontró nada. O quizá olvidó lo que buscaba y la perdemos de vista entre los pastos secos que crecen a esa altura. Máximo Gonzales de Paz se queda observando un par de colinas marrones tras las que solo puede imaginarse el Pastoruri. Esa fue la última imagen que vi de él, pero no es la que más recuerdo. En mi memoria, como si se tratara del poema de Watanabe, lo veo inmenso de pie frente al glaciar. Su sombra se proyecta sobre la nieve tan formidable como inútil. Bajo ella el hielo se seguía derritiendo.